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Por suerte o por desgracia no he vuelto de un largo y cálido verano ni en mi rostro asoma atisbo alguno de parecido con Ben Quick por más que me empeñe en que eso se irá consiguiendo con los años. Desengáñate, dice mi Pepito Grillo faltón y prepotente, aunque tienes fama de muchas cosas, la de pirómano no está entre ellas y tu pseudo adoración hacia la Woodward sólo pasa por ser la mujer de. Cierto. Pepito nunca falla, aunque olvida que Joan, dirigida por su marido en “El zoo de cristal”, hizo despertar en mí una pequeña devoción transitoria.
Mi nuevo curso escolar iba a comenzar con Teresa Wright pero es tanta la pereza que me produce que he decidido dejarla directamente y sin ningún remordimiento para septiembre del año que viene. Si es cuestión de confesar, yo confieso ¿quién dijo miedo? Teresa Wright me supera y las revisiones veraniegas de alguno de los trabajos de Wyler, han reforzado todavía más mi antipatía. ¿Por qué la odio? Lo dicho: en septiembre del año que viene lo confesaré.
Ha sido un verano, por lo tanto, muy Wyler, y, por ende, poliédrico, o, lo que es lo mismo, exquisito cinematográficamente hablando. Me fui a Roma y re-conocí a la princesita Anna y volví a constatar la frescura que siempre tuvo Audrey Hepburn aún incluso siendo una bebé en Hollywoodland (ese sí fue un DEBUT y no el de Teresa agonías Wright). “Vacaciones en Roma” es una peli “aclimática”: apetece por igual en invierno y en verano, con frío o con calor, y me atrevería a decir que es el patrón de toda la retahíla de comedias románticas con las que nos bombardean todos los meses allende los mares. Para quitarme la sonrisita estúpida de mi boca, seguí con una Audrey más madura y amarga en “La Calumnia”, de la que no puedo decir más que lo que mi colega Father_Caprio ha dicho aquí. El mal sabor de boca que deja “La Calumnia” pide a gritos color, glamour, surrealismo y chispa, mucha chispa “¿Cómo robar un millón?”, con una Audrey más Audrey que nunca es el edulcorante perfecto (dulce pero sin empalagar) para soñar en technicolor.
Para las tardes de domingo lluviosas recuperé a la mejor Bette Davis de “La loba” “ La carta” y “Jezabel” y a la por fin desencasillada Olivia de Haviland de “La Heredera”. ¿Qué se puede decir? Que ya no se escribe así? Que ya no se interpreta así? Que ya no se fotografía así? Que ya no se dirige así? Quizás sí, o quizás que directores como William Wyler ya no existen, a pesar de que alguno patrio domine el arte del plagio. Hacía años, muchos años, que no veía “El coleccionista”. Cuando leí “The End” pensé que “Átame” (Almodóvar) era un insulto mayúsculo.
Seguía lloviendo, así que una vez más me enfrenté a “Ben Hur” leyendo entre líneas para concluir – también una vez más - que es una de las películas más gays que se han hecho nunca. A “Cumbres borrascosas” decidí no subir considerando que aquí abajo el horno ya no estaba para muchos bollos, pero me armé de valor para recuperar a “La Sra. Miniver” y “Los mejores años de nuestras vidas” a pesar de Teresita Wright.
Y como gran broche final y aún a sabiendas de todas las pelis de Wyler que se quedaron envidiosas en mis baldas cinematográficas, puse fin a mi veraniego ciclo wyleriano con “Funny Girl”.

