
¿Cómo os quedáis? Esta bonita amenaza fue pronunciada en los años 30 por la adorable Mrs. Gustav Ketterer, a la sazón, representante de la Federación de Clubs de Mujeres de EE.UU. Hoy, viendo las imágenes y escuchando el discurso, podría parecer que nos encontramos ante la bruja mala del Oeste vestida de paisano y contando un chiste. Pero nada más lejos de la realidad. Señoritas Ketterer siguen existiendo, la diferencia es que ahora van de CH y ganan muchísimo más dinero.
Pero como siempre, empecemos la casa por el tejado.
Hollywood vivía su adolescencia mientras se adentraba plácidamente en los felices años 20 con algún que otro velado desnudo, alguna conducta "desproporcionada", algún consumo no recomendado... Vamos, los pecados típicos de una adolescencia traviesa. Si en las películas podían verse, de vez en cuando, actitudes consideradas peligrosas por los sectores más píos de la sociedad norteamericana, la vida de las estrellas no se quedaba atrás. Los escándalos sexuales, las muertes inquietantes, los numerosos adulterios, las sobredosis, los suicidios...estaban a la orden del día. Para algunos, Hollywood se estaba convirtiendo peligrosamente en una máquina de hacer películas de dudosa moralidad, en una gran Babilonia. Así que, poco a poco, los murmullos partidarios de la censura o, como ellos la denominaban, autorregulación, se fueron convirtiendo en gritos. El antes y el después lo marcó un gran escándalo que sacudió no sólo los cimientos de la meca del cine, sino de todos los Estados Unidos: el escándalo Fatty Arbuckle.
Roscoe Conkling Arbuckle (1887-1933) era uno de los actores más populares de su época. A pesar de sus más de 120 kilos de peso (de ahí el apodo de "Fatty"), asombraba por su gran agilidad a la hora de interpretar sus gags cómicos en la pantalla. En la cima de su carrera cobraba de los estudios Paramount un millón de dólares anuales (lo que para la época era una cifra astronómica) y fue el hada madrina de Buster Keaton al proporcionarle su primer papel en 1917 en el corto "The Butcher Boy", forjándose, desde entonces, una estrecha amistad entre ambos que jamás flaquearía. El 3 de septiembre de 1921, Fatty se tomó un descanso de su agotadora producción fílmica y se fue unos días, junto con unos amigos, a San Francisco con la intención de dar una fiesta de las que hacen época en el Hotel Saint Francis, invitando para la ocasión a varias actrices de segunda categoría. Durante la celebración, una de ellas, Virginia Rappe (que podeis ver aquí haciendo de extra en una secuencia de "His wedding night" con el mismo Fatty), enfermó gravemente. Según el doctor del hotel sólo se trataba de una intoxicación pero ¡oh casualidad! tres días después Virginia fallecía en un hospital a causa de una peritonitis provocada por una perforación de vejiga. El escándalo estaba servido en bandeja de plata. Una amiga de Virginia, que también asistía a la fiesta, implicó directamente a Arbuckle sosteniendo que éste había violado a Rappe con una botella. Las informaciones que durante esos días aparecieron en los medios de comunicación (sobre todo en los de nuestro amigo Hearst ) no tienen desperdicio: que si Fatty, con su gran peso, había fracturado en dos a Virginia; que si por su estado de embriaguez decidió introducirle una botella de Coca Cola (otros decían que de vino o champagne); que si lo que le introdujo fue un afilado trozo de hielo... Rumorología aparte, tras tres mediáticos juicios Fatty Arbuckle fue declarado no culpable, pero la opinión pública quedó conmocionada y el actor jamás remontó su carrera, muriendo alcoholizado y olvidado pocos años después.
A raíz del escándalo Fatty (del que otro día hablaré con más lujo de detalles) se hizo necesario renovar la imagen de la industria y dar respuesta a las quejas y peticiones de los grupos sociales más conservadores. Esta renovación, y el modo de acallar a las masas, se llevó a cabo con la creación de la conocida como MPPDA (Motion Pictures Producers and Distributors Association of America) con sede en Nueva York y cuyo principal objetivo consistía en controlar, censurar, fiscalizar toda la producción cinematográfica. Para presidir esta asociación de la industria se eligió al responsable de la campaña del presidente Warren G. Harding, un republicano de (cuestionado) curriculum intachable que dejó su cargo de Director General de Correos en Indiana para ocupar por un módico sueldo de cien mil dólares anuales su nuevo puesto al frente de la maquinaria censora de Hollywood: Will H. Hays (podeis observar su gran belleza en la primera de las fotografías).
Ni que decir tiene que uno de los primeros cometidos de la Oficina Hays fue retirar y prohibir todas las películas de Fatty, pero más allá de la amenaza censora, desde Hollywood no se hizo mucho caso a las recomendaciones de la MPPDA.
Año 1930. Un sacerdote católico de nombre Daniel Lord redacta un código cinematográfico que prohibe las películas que glorifican a los criminales, a los gánsters, a los adúlteros y a las prostitutas. El Código Lord censura desnudos, exceso de violencia, trata de blancas, drogas ilegales, mestizaje, besos lujuriosos, posturas provocativas y blasfemia. El bueno de Lord considera, además, que las películas corrompen los valores morales norteamericanos y que éstas deben promocionar las instituciones de la familia y el matrimonio, defender la integridad del gobierno y tratar las instituciones religiosas con respecto.
Cuando Hays leyó este código dijo "Oh, opino lo mismo, es perfecto, voy a patrocinarlo" y pasó a constituir el nuevo canon por el que debería regirse la industria cinematográfica. Sin embargo, durante esos primeros años 30, este código fue tomado a risa. Ningún director, guionista o productor seguía sus directrices. Tuvo que entrar en juego la Santa Iglesia Católica y sus asociaciones afines para que las cosas cambiaran de verdad. En 1934, la recién creada Legión de la Decencia, no contenta con la laxitud con la que se aplicaba el código, lanzó una declaración en la que se amenazaba con boicotear las películas consideradas inmorales por las autoridades eclesiásticas. Esta Legión estaba formada por un grupo muy numeroso de clérigos y seglares católicos cuyo objetivo era advertir a las "gentes de Dios" de los riesgos morales de ver determinados productos cinematográficos. Así que con todo el empeño del mundo y creyendo que estaban tocados por el dedo de Dios, los legionarios decentes estudiaron todas y cada una de las películas hechas hasta entonces y elaboraron una clasificación que se distribuyó por todas las iglesias del país. Quien se llamara a sí mismo buen cristiano tenía prohibido asistir a la proyección de cualquier película condenada por la Iglesia.
Para apaciguar los ánimos de todas estas organizaciones, Will H. Hays crea una sede de la MPPDA en Hollywood bajo el nombre de Production Code Administration (PCA) y le atribuye el control absoluto sobre todas las películas. A su frente pone a Joseph I. Breen (ese señor de aspecto tan serio que está debajo de Hays en las fotografías) que junto a su equipo se encargará de analizar minuciosamente cada guión antes de su aprobación para ser llevado a la pantalla. Desde este momento, todos y cada uno de los guiones de Hollywood debían llevar el sello (de pureza) PCA para poder producirse. Para estar a la altura, se redacta un nuevo código, el famoso CÓDIGO HAYS, inspirado en su antecesor de Lord. Según Hays "el código establece altos estándares de realización para los productores de cine. Establece consideraciones por el buen gusto y los valores comunitarios necesarios en esta forma universal de entretenimiento". En realidad, se asentaba sobre tres principios generales:
1.) No se autorizará ningún film que pueda rebajar el nivel moral de los espectadores. Nunca se conducirá al espectador a tomar partido por el crimen, el mal o el pecado.
2.) Los géneros de vida descritos en el film serán correctos, tenida cuenta de las exigencias particulares del drama y del espectáculo.
3.) La ley natural o humana no será ridiculizada y la simpatía del auditorio no irá hacia aquellos que la violentan.
Además de estas restricciones generales, existía toda una retahíla de restricciones particulares que, como os podéis imaginar, iban desde la prohibición de mostrar el tráfico clandestino de drogas y su uso, hasta los films que hicieran suponer la práctica de relaciones sexuales "groseras", pasando por indicar que Cristo y la Santa Virgen no son temas para una comedia o que las exhibiciones, incluyendo el ombligo, no estaban permitidas.
Claro, leyendo ahora esto, todos podemos preguntarnos qué es una relación sexual grosera o un género de vida correcto. Pero hay que ponerse (sé que cuesta pero intentémoslo) en la piel de Joe Breen, el cual manifestaba que "el pueblo americano es gente sencilla y sana. Las filosofías disparatadas sobre la vida, las situaciones sexuales desagradables, los chistes burdos y los diálogos de doble sentido no son bienvenidos. A la gente decente no le gusta este tipo de cosas y nuestro trabajo es asegurarnos que no se encuentren con ellas". Qué es ser sencillo y sano?? Vale, ya paro. Sea como fuere, Joe Breen y su equipo dirigieron la maquinaria censora durante más de dos décadas y estaban autorizados para cambiar guiones, modificar tramas, eliminar palabras, suprimir personalidades... en definitiva, para hacer lo que les viniera en gana.
Con la Iglesia como mejor aliada de la PCA, a los estudios no les quedó más remedio que respetar el Código Hays. Era mucho el dinero que estaba en juego y sabían que la opinión de la Iglesia podía determinar los resultados de taquilla. Pero a pesar de la censura, el ingenio de directores, productores y guionistas para meter goles en la oficina Hays fue apabullante. Y es que quizás, décadas después, lo más interesante sea precisamente eso: ver como determinados trabajos traspasaron las barreras censoras con inteligencia y creatividad.
El Código Hays fue derogado en 1967 para dar paso al vigente sistema censor en EE.UU basado en la calificación por edades (film rating system) a través de la Motion Picture Association of America (MPAA), compuesta en la actualidad por los 6 mayores estudios de Hollywood: Buena Vista (The Walt Disney Company), Sony, Paramaunt, 20th. Century Fox, Universal Studios y la Warner Bros. La MPAA también deja mucho que desear y su rigor a la hora de clasificar las películas es puesto en entredicho cada dos por tres, más aún, si tenemos en cuenta que la identidad de las personas encargadas de evaluar los films ha tratado de ser mantenida en secreto desde su creación. Pero esta es otra historia. Para los curiosos, existe un documental divertido y muy esclarecedor que aborda esta cuestión: "Los censores de Hollywood" (Kirby Dick, 2006)
Si queréis ver los estragos que la censura procuró en el cine más dorado y, al mismo tiempo, los triunfos que directores, productores y guionistas consiguieron, os recomiendo el genial documental "El celuloide oculto" (Rob Epstein y Jeffrey Friedman, 1995), basado en el ensayo homónimo de Vito Russo. Aquí podeis ver un fragmento.


