16/04/09

censura






" Esperamos que no sea necesario cerrar todas las salas de cine por culpa de algunos indeseables, sino que tengamos películas más limpias y mejores, de modo que puedan permanecer abiertas"

¿Cómo os quedáis? Esta bonita amenaza fue pronunciada en los años 30 por la adorable Mrs. Gustav Ketterer, a la sazón, representante de la Federación de Clubs de Mujeres de EE.UU. Hoy, viendo las imágenes y escuchando el discurso, podría parecer que nos encontramos ante la bruja mala del Oeste vestida de paisano y contando un chiste. Pero nada más lejos de la realidad. Señoritas Ketterer siguen existiendo, la diferencia es que ahora van de CH y ganan muchísimo más dinero.

Pero como siempre, empecemos la casa por el tejado.

Hollywood vivía su adolescencia mientras se adentraba plácidamente en los felices años 20 con algún que otro velado desnudo, alguna conducta "desproporcionada", algún consumo no recomendado... Vamos, los pecados típicos de una adolescencia traviesa. Si en las películas podían verse, de vez en cuando, actitudes consideradas peligrosas por los sectores más píos de la sociedad norteamericana, la vida de las estrellas no se quedaba atrás. Los escándalos sexuales, las muertes inquietantes, los numerosos adulterios, las sobredosis, los suicidios...estaban a la orden del día. Para algunos, Hollywood se estaba convirtiendo peligrosamente en una máquina de hacer películas de dudosa moralidad, en una gran Babilonia. Así que, poco a poco, los murmullos partidarios de la censura o, como ellos la denominaban, autorregulación, se fueron convirtiendo en gritos. El antes y el después lo marcó un gran escándalo que sacudió no sólo los cimientos de la meca del cine, sino de todos los Estados Unidos: el escándalo Fatty Arbuckle.

Roscoe Conkling Arbuckle (1887-1933) era uno de los actores más populares de su época. A pesar de sus más de 120 kilos de peso (de ahí el apodo de "Fatty"), asombraba por su gran agilidad a la hora de interpretar sus gags cómicos en la pantalla. En la cima de su carrera cobraba de los estudios Paramount un millón de dólares anuales (lo que para la época era una cifra astronómica) y fue el hada madrina de Buster Keaton al proporcionarle su primer papel en 1917 en el corto
"The Butcher Boy", forjándose, desde entonces, una estrecha amistad entre ambos que jamás flaquearía. El 3 de septiembre de 1921, Fatty se tomó un descanso de su agotadora producción fílmica y se fue unos días, junto con unos amigos, a San Francisco con la intención de dar una fiesta de las que hacen época en el Hotel Saint Francis, invitando para la ocasión a varias actrices de segunda categoría. Durante la celebración, una de ellas, Virginia Rappe (que podeis ver aquí haciendo de extra en una secuencia de "His wedding night" con el mismo Fatty), enfermó gravemente. Según el doctor del hotel sólo se trataba de una intoxicación pero ¡oh casualidad! tres días después Virginia fallecía en un hospital a causa de una peritonitis provocada por una perforación de vejiga. El escándalo estaba servido en bandeja de plata. Una amiga de Virginia, que también asistía a la fiesta, implicó directamente a Arbuckle sosteniendo que éste había violado a Rappe con una botella. Las informaciones que durante esos días aparecieron en los medios de comunicación (sobre todo en los de nuestro amigo Hearst ) no tienen desperdicio: que si Fatty, con su gran peso, había fracturado en dos a Virginia; que si por su estado de embriaguez decidió introducirle una botella de Coca Cola (otros decían que de vino o champagne); que si lo que le introdujo fue un afilado trozo de hielo... Rumorología aparte, tras tres mediáticos juicios Fatty Arbuckle fue declarado no culpable, pero la opinión pública quedó conmocionada y el actor jamás remontó su carrera, muriendo alcoholizado y olvidado pocos años después.

A raíz del escándalo Fatty (del que otro día hablaré con más lujo de detalles) se hizo necesario renovar la imagen de la industria y dar respuesta a las quejas y peticiones de los grupos sociales más conservadores. Esta renovación, y el modo de acallar a las masas, se llevó a cabo con la creación de la conocida como MPPDA (Motion Pictures Producers and Distributors Association of America) con sede en Nueva York y cuyo principal objetivo consistía en controlar, censurar, fiscalizar toda la producción cinematográfica. Para presidir esta asociación de la industria se eligió al responsable de la campaña del presidente Warren G. Harding, un republicano de (cuestionado) curriculum intachable que dejó su cargo de Director General de Correos en Indiana para ocupar por un módico sueldo de cien mil dólares anuales su nuevo puesto al frente de la maquinaria censora de Hollywood: Will H. Hays (podeis observar su gran belleza en la primera de las fotografías).

Ni que decir tiene que uno de los primeros cometidos de la Oficina Hays fue retirar y prohibir todas las películas de Fatty, pero más allá de la amenaza censora, desde Hollywood no se hizo mucho caso a las recomendaciones de la MPPDA.

Año 1930. Un sacerdote católico de nombre Daniel Lord redacta un código cinematográfico que prohibe las películas que glorifican a los criminales, a los gánsters, a los adúlteros y a las prostitutas. El Código Lord censura desnudos, exceso de violencia, trata de blancas, drogas ilegales, mestizaje, besos lujuriosos, posturas provocativas y blasfemia. El bueno de Lord considera, además, que las películas corrompen los valores morales norteamericanos y que éstas deben promocionar las instituciones de la familia y el matrimonio, defender la integridad del gobierno y tratar las instituciones religiosas con respecto.

Cuando Hays leyó este código dijo "
Oh, opino lo mismo, es perfecto, voy a patrocinarlo" y pasó a constituir el nuevo canon por el que debería regirse la industria cinematográfica. Sin embargo, durante esos primeros años 30, este código fue tomado a risa. Ningún director, guionista o productor seguía sus directrices. Tuvo que entrar en juego la Santa Iglesia Católica y sus asociaciones afines para que las cosas cambiaran de verdad. En 1934, la recién creada Legión de la Decencia, no contenta con la laxitud con la que se aplicaba el código, lanzó una declaración en la que se amenazaba con boicotear las películas consideradas inmorales por las autoridades eclesiásticas. Esta Legión estaba formada por un grupo muy numeroso de clérigos y seglares católicos cuyo objetivo era advertir a las "gentes de Dios" de los riesgos morales de ver determinados productos cinematográficos. Así que con todo el empeño del mundo y creyendo que estaban tocados por el dedo de Dios, los legionarios decentes estudiaron todas y cada una de las películas hechas hasta entonces y elaboraron una clasificación que se distribuyó por todas las iglesias del país. Quien se llamara a sí mismo buen cristiano tenía prohibido asistir a la proyección de cualquier película condenada por la Iglesia.

Para apaciguar los ánimos de todas estas organizaciones, Will H. Hays crea una sede de la MPPDA en Hollywood bajo el nombre de Production Code Administration (PCA) y le atribuye el control absoluto sobre todas las películas. A su frente pone a Joseph I. Breen (ese señor de aspecto tan serio que está debajo de Hays en las fotografías) que junto a su equipo se encargará de analizar minuciosamente cada guión antes de su aprobación para ser llevado a la pantalla. Desde este momento, todos y cada uno de los guiones de Hollywood debían llevar el sello (de pureza) PCA para poder producirse. Para estar a la altura, se redacta un nuevo código, el famoso CÓDIGO HAYS, inspirado en su antecesor de Lord. Según Hays "
el código establece altos estándares de realización para los productores de cine. Establece consideraciones por el buen gusto y los valores comunitarios necesarios en esta forma universal de entretenimiento". En realidad, se asentaba sobre tres principios generales:

1.) No se autorizará ningún film que pueda rebajar el nivel moral de los espectadores. Nunca se conducirá al espectador a tomar partido por el crimen, el mal o el pecado.

2.) Los géneros de vida descritos en el film serán correctos, tenida cuenta de las exigencias particulares del drama y del espectáculo.

3.) La ley natural o humana no será ridiculizada y la simpatía del auditorio no irá hacia aquellos que la violentan.

Además de estas restricciones generales, existía toda una retahíla de restricciones particulares que, como os podéis imaginar, iban desde la prohibición de mostrar el tráfico clandestino de drogas y su uso, hasta los films que hicieran suponer la práctica de relaciones sexuales "groseras", pasando por indicar que Cristo y la Santa Virgen no son temas para una comedia o que las exhibiciones, incluyendo el ombligo, no estaban permitidas.

Claro, leyendo ahora esto, todos podemos preguntarnos qué es una relación sexual grosera o un género de vida correcto. Pero hay que ponerse (sé que cuesta pero intentémoslo) en la piel de Joe Breen, el cual manifestaba que "
el pueblo americano es gente sencilla y sana. Las filosofías disparatadas sobre la vida, las situaciones sexuales desagradables, los chistes burdos y los diálogos de doble sentido no son bienvenidos. A la gente decente no le gusta este tipo de cosas y nuestro trabajo es asegurarnos que no se encuentren con ellas". Qué es ser sencillo y sano?? Vale, ya paro. Sea como fuere, Joe Breen y su equipo dirigieron la maquinaria censora durante más de dos décadas y estaban autorizados para cambiar guiones, modificar tramas, eliminar palabras, suprimir personalidades... en definitiva, para hacer lo que les viniera en gana.

Con la Iglesia como mejor aliada de la PCA, a los estudios no les quedó más remedio que respetar el Código Hays. Era mucho el dinero que estaba en juego y sabían que la opinión de la Iglesia podía determinar los resultados de taquilla. Pero a pesar de la censura, el ingenio de directores, productores y guionistas para meter goles en la oficina Hays fue apabullante. Y es que quizás, décadas después, lo más interesante sea precisamente eso: ver como determinados trabajos traspasaron las barreras censoras con inteligencia y creatividad.

El Código Hays fue derogado en 1967 para dar paso al vigente sistema censor en EE.UU basado en la calificación por edades (film rating system) a través de la Motion Picture Association of America (MPAA), compuesta en la actualidad por los 6 mayores estudios de Hollywood: Buena Vista (The Walt Disney Company), Sony, Paramaunt, 20th. Century Fox, Universal Studios y la Warner Bros. La MPAA también deja mucho que desear y su rigor a la hora de clasificar las películas es puesto en entredicho cada dos por tres, más aún, si tenemos en cuenta que la identidad de las personas encargadas de evaluar los films ha tratado de ser mantenida en secreto desde su creación. Pero esta es otra historia. Para los curiosos, existe un documental divertido y muy esclarecedor que aborda esta cuestión: "
Los censores de Hollywood" (Kirby Dick, 2006)

Si queréis ver los estragos que la censura procuró en el cine más dorado y, al mismo tiempo, los triunfos que directores, productores y guionistas consiguieron, os recomiendo el genial documental "El celuloide oculto" (Rob Epstein y Jeffrey Friedman, 1995), basado en el ensayo homónimo de Vito Russo.
Aquí podeis ver un fragmento.

10/04/09

h e r m a n i s i s i m a s



Os imagináis que "¿Qué fue de Baby Jane?" (Robert Aldrich,1962) estuviera basada en un hecho real. Mmmmm....interesante, eh? Pero me temo que no son más que habladurías y que, en ningún caso, está inspirada en la curiosa no-relación que tienen las hermanísimas protagonistas de hoy, las ¿últimas? leyendas vivas del Hollywood dorado: Olivia de Havilland y Joan Fontaine.


Nuestro punto de partida podría ser el mismo que la película de Robert Aldrich. Dos hermanas: una guapa y otra fea, una querida y la otra ignorada, una que estrena ropa y la otra que la hereda... Es decir, todos los tópicos de una relación cainita que justificarían de por sí el asesinato de una hermana. Pero no, Olivia y Joan no han llegado, que se sepa, a una relación tan extrema como la de Bette Davis y Joan Crawford en Baby Jane (dentro y fuera de pantalla, todo sea dicho) aunque sí han protagonizado algún capítulo digno de mención. En la actualidad, viven en la más absoluta de las ignorancias, y con ello quiero decir ignorancia recíproca (yo te ignoro, tú me ignoras) y con un océano de por medio, eso sí, para que todo sea más llevadero. 


Vamos allá!


Olivia (1916) y Joan (1917) nacen en Japón, donde su padre estaba trabajando por aquel entonces. Al poco tiempo,  el matrimonio Havilland se divorcia y la matriarca, antigua actriz que actuaba bajo el nombre de Lillian Fontaine, se traslada con las pequeñas a la ciudad californiana de Saratoga. Ambas hermanas crecen conformando una total antítesis. Frente a la vitalidad, belleza y desparpajo de la primogénita Olivia, Joan era enfermiza y tímida, pero muy muy inteligente, lo que sin duda acentuaría en un futuro sus grandes diferencias. No obstante, y vayamos al grano, ambas reciben clases de dicción desde muy pequeñas y sus caminos se separan (quizás para siempre) cuando Joan, con 15 años, decide ir a pasar una temporada con su padre a Japón, pues a su regreso se encuentra con que su hermana mayor, animada por su madre,  había comenzado a hacer pinitos sobre los escenarios. Ella, que no quiere ser menos, sigue sus pasos, aunque mamá le prohibe utilizar el apellido de la familia al preferir que sea Olivia quien lo haga, motivo por el cual Joan eligirá el apellido de actriz de su madre después de intentarlo con el de Burfield.


A partir de este momento comienza una cruenta competición entre hermanas.


Hollywood. Años 30. Olivia de Havilland se había hecho un importante hueco en la fábrica de sueños al pasar a formar parte del elenco de actores del todopoderoso David O. Selznick. Bajo la batuta de Michael Curtiz y con Errol Flyn como partenaire, conforma una de los equipos más solventes para la taquilla en películas típicas y tópicas, interpretando, casi siempre, el papel de sufrida amada que venera a su sobreactuado héroe.


¿Qué hacía Joan mientras tanto? Pues Joan estaba intentando, a duras penas, hacerse un hueco en la RKO interpretado pequeños papeles bodrio muy secundarios, hasta que en 1939 no le renuevan el contrato y la ponen de patitas en la calle.



En ese mismo año, 1939, comenzaba a fraguarse una hazaña épica casi sin precedentes y por la que cualquier actriz mataría para conseguir el papel protagonista: "Lo que el viento se llevó". Al igual que Joan Crawford, Katherine Hepburn o Bette Davis por poner sólo tres ejemplos, Joan Fontaine se presentó para el papel de Escarlata, siendo, como sabeis, rechazada. Sin embargo, David O. Selznick se sintió tan impresionado con su prueba que le ofreció el papel de Melania, a lo que Joan respondió: " Si quieren a alguien para hacer de pava, llamen a mi hermana Olivia". El resto, como sabeis, es historia. Olivia de Havilland dio vida a la insufrible Melania y consiguió su primera candidatura al Oscar en la categoría de mejor actriz de reparto. La suerte (o la mano negra) no estuvo de su parte aquella noche, y el galardón le fue concedido a su compañera Hattie McDaniel, que interpretaba a la inolvidable Mami de "Lo que el viento se llevó". Cuando Olivia no escuchó su nombre aquella noche, rompió en sollozos para asombro de los presentes y una amiga que la acompañaba en la ceremonia le ordenó que fuera a felicitar a su compañera ganadora. 


Mientras tanto, Joan Fontaine iba cayendo peligrosamente en el olvido, hasta que una noche coincidió en una cena con el omnipresente Selznick. Durante la velada discutieron sobre la novela "Rebeca" de Daphne de Maurier, y de ahí salió una audición para interpretar a la asustadiza señora de Winters en la primera incursión de Hitchcock en Hollywood. "Rebeca" (1940) catapultó a Joan al estrellato y le supuso su primera nominación al Oscar en la categoría de mejor actriz protagonista, que perdería en favor de Ginger Rogers por su papel en "Espejismo de amor" de Sam Wood.


Año 1941. Ambas hermanas compiten por el Oscar a la mejor actriz protagonista. Joan por su papel en "Sospecha" (1941) de Hitchcock y Olivia por su interpretación en "Si no amaneciera" de Mitchell Leisen (además, en esta reñidísima edición, competían Bette Davis por "La Loba", de William Wyler  y Barbara Stanwyck por "Bola de fuego", de Howard Hawks). Como sabeis, en Hollywood los premios de consolación, o, mejor dicho, de compensación, están a la orden del día. Todos vaticinaron que el Oscar se lo llevaría Joan Fontaine, no por su papel en "Sospecha", sino como disculpa por no haberlo ganado con "Rebeca". Y así fue.  Cuando Joan se dirigía al escenario a recoger su galardón, su hermana Olivia (supongo que tragando bilis)  hizo el ademán de felicitarla, pero Joan Fontaine poco más que la ignoró, hecho que ofendió profundamente a Olivia.


A partir de este momento, sus vidas se plagaron de desplantes y puñaladas. Olivia le devolvió a Joan el feo que le hizo en los Oscars, años más tarde, pasando de ella cuando la esperaba en público con la mano extendida, justificando este nuevo desplante entre hermanas en unas declaraciones que Joan había hecho sobre su marido.


Que se sepa, no se hablan desde 1975. Según Joan porque su hermana no la invitó a una ceremonia en memoria de su madre recientemente fallecida. Según Olivia, sí que la invitó pero justificó su ausencia por la gran carga de trabajo que tenía.


El último capítulo que protagonizaron las hermanísimas fue en 1988, cuando la Academia convocó a todos los actores vivos con Oscar con motivo del 60ª aniversario de los premios. La organización cometió un error imperdonable: alojar a ambas hermanas en la misma planta del hotel Ambasaddor. Cuando ambas se enteraron, forzaron a la dirección a cambiarlas de suit y poner diez plantas de por medio. Y así fue. 


En la actualidad, Joan vive en una relativa reclusión y se sabe que no mantiene relación con sus hijos, al parecer, porque se enteró de que mantenían contacto con su tía Olivia. Ésta, por su parte, vive retirada en París, también en una relativa reclusión.  


Se dice que el secreto de la inmortalidad de las hermanas (nonagenarias ambas) radica en que ninguna está dispuesta a morir antes que la otra, y supongo que día a día, semana a semana, año a año, esperan ansiosamente amanecer con la necrológica de su hermana al lado del zumo de naranja para poder descansar en paz saboreando una última victoria. ¿Quién ganará?


Terminaré con unas declaraciones de Joan Fontaine que resumen a la perfección la curiosa y al mismo tiempo tremenda (no) relación que mantienen: " Para mí es como si no existiese. Nos odiamos tanto cuando éramos jóvenes que ahora hemos agotado la carga de odio y nos limitamos a ignorarnos".


Otra vez tengo que acabar con un rotundo AMÉN.