
Hoy la protagonista de este artículo es la maledicencia hecha mujer, un personaje que, yo confieso, me fascina de principio a fin y que demuestra, una vez más, que la realidad siempre supera a la ficción. Siempre!
Durante más de 40 años existió en Hollywood una persona capaz de detener rodajes, enviar a casita a jóvenes actrices, modificar guiones, influenciar a la opinión pública para no ver determinadas películas y toda la retahíla de hijoputeces que os podáis imaginar.
Os presento a la "adorable" Louella Oettinger Parsons.
Louella Oettinger Parsons (1893-1973) era una rechoncha y poco agraciada ama de casa cuando tras divorciarse en 1914 se convierte en cronista cinematográfica del Chicago Record Herald. Compaginando sus columnas periodísticas con el trabajo de guionista en proyectos sin importancia, va convirtiéndose, poco a poco, en una de las personas más influyentes de la historia del cine y, sin saberlo, asienta las bases de lo que hoy conocemos como prensa rosa. En palabras de Truman Capote "el descubrimiento de Louella Parsons es tan simple como demoníaco; la intimidad, lo más secreto de lo secreto, lo vergonzoso, hace que la cotidianidad de las vidas ordinarias adquiera puntualmente relevancia". Y ése fue, precisamente, su secreto: dotar de relevancia mediática a las "miserias humanas" de los habitantes de Hollywood.
Sólo es posible entender el poder de Louella he-visto-lo-que-has-hecho Parsons conociendo el contexto social sobre el que se cimentó el Hollywood más dorado. El sistema de estudios o Star System imperante creaba actores (yo te creo, yo te destruyo) no sólo para ponerlos delante de una cámara y fabricar junto a guionistas, directores y estilistas sueños maravillosos, sino también para que su vida privada fuera ejemplar. De esta forma, el poder de los estudios se extendía más allá de los platós y todos y cada uno de los movimientos de las estrellas estaban perfectamente orquestados para que no trascendieran a la opinión pública conductas consideradas por la doble moral vigente como poco éticas o, directamente, despreciables (adicciones, homosexualidad, crímenes, separaciones, adulterios, etc). Y es que, como sabéis, una reina no sólo ha de serlo, sino parecerlo. Pues bien, con este telón de fondo, que diría mi profesor de historia, aparece en escena Louella Parsons.
La pluma de Louella era infalible y perversa. Como buena zorra, a veces no aportaba los nombres de los protagonistas del escándalo, sino que los describía con pelos y señales, logrando con ello que medio Hollywood estuviera en boca de la opinión pública. Como muy bien dijo Joan Crawford: "Cada vez que Lolly decía que una bellísima estrella de cine había sido sorprendida en un lugar de dudosa fama, la acusación recaía sobre todas nosotras sin excepción. Todas sufríamos las consecuencias". En otras ocasiones no se cortaba un pelo aunque estuviera equivocada. Para muestra un botón. Un buen día, Lolly recibe una nota de uno de sus esbirros (los tenía estrategicamente colocados por todos los "puntos calientes" de la ciudad) en la que se decía que Elizabeth Taylor iba a separarse. Pero la reina madre del cotilleo lo que publicó (por error o, seguramente, con muuuuucha alevosía), fue la separación de Robert Taylor. Nada más salir a la luz el escándalo, Robert llamó a Lolly para pedirle explicaciones. Ella le vino a decir lo siguiente :
-Mira Robert, tienes que perdonarme, pero comprenderás que no puedo publicar un artículo desmintiendo la información que he dado, mi credibilidad se pondría en entredicho. Además, como me debes más de un favor, siempre te he tratado de maravilla, no lo olvides, haremos lo siguiente: tú te vas una semanita a un hotel, pero tú solo,eh? sin tu mujer. Después vuelves a casa y publicamos la feliz reconciliación y así nadie pierde ¿Qué te parece? ¿A qué es una idea perfecta? Es que sino me obligarías a contar aquello que ya sabes, y claro, yo te aprecio mucho....
El pánfilo de Taylor aceptó el plan con tan mala suerte que durante toda esa semana estuvo recibiendo multitud de telegramas y llamadas de sus amigos dándole el pésame, teniendo que escuchar cosas tipo "el cornudo es el último que se entera" o leyendo cosas tipo "todos lo sabíamos". Estos consuelos no hicieron más que sembrar la duda en el actor, por lo que transcurrida la semana pactada salió del hotel y presentó una demanda de separación, terminándose el matrimonio del ya por aquel entonces maltrecho Taylor.
Pero os estaréis preguntando ¿cómo una simple ama de casa, aficionada al cine, se convierte en el azote de la industria? ¿Por qué? Y lo que quizás es más importante ¿Cómo?
Todo comenzó la noche del 18 de noviembre de 1924. William Randolph Hearst, el gran magnate del periodismo de la época, celebraba a bordo del "Oreida" su 43 cumpleaños. Entre los invitados, además de algún pez gordo, se encontraban Charles Chaplin, Marion Davies (novia de Hearst), el director Thomas Ince, un doctor de nombre Daniel Carson Goodman y nuestra amiga Lolly. Al parecer, las relaciones entre Chaplin y Marion Davies iban más allá de las amistosas, así que una vez que la ebriedad se había adueñado de todo el pasaje, apañaron un encuentro íntimo en la cubierta del barco, con tan mala suerte que llegó a los oídos de Hearst. Éste, loco por la ira, sacó su revólver de diamantes (atención al detalle kitsch de los diamantes: hay que ser extravagante y paleto a partes iguales!!) dispuesto a asesinar a Charles Chaplin, pero la oscuridad de la noche hizo que la bala acabara en la cabeza de Thomas Ince, el cual cayó fulminado. A continuación, los acontecimientos se sucedieron a una velocidad vertiginosa: el cadáver fue conducido a tierra para su inmediata incineración y el doctor que asistía a la fiesta expedía un certificado en donde se hacía constar que la muerte se debía a causas naturales, en concreto, a una parada cardíaca como consecuencia de la ingestión masiva de alimentos.
Limpiada la sangre, enterrado el cadáver, amañado el juicio que exculparía a Hearst y, en definitiva, tejida la mentira con la que se construiría un capítulo de la historia del siglo XX, faltaba solucionar un pequeño detalle: ¿qué papel ocuparía Lolly en este sainete?.
Lolly publicó que Thomas Ince había fallecido en su propia casa y esta mentira fue retribuida con un contrato en exclusiva y de carácter vitalicio para el imperio Hearst. Chaplin, por su parte, hizo mutis por el foro, temeroso, posiblemente, de que el binomio Parsons&Hearst arruinara su carrera destapando lo que hoy se denominaría, si ningún tapujo, pederastia.
Desde que Louella Parsons empezó a trabajar para Hearst, su poder subió como la espuma. Como ella misma afirmaría "El mundo se convirtió en mi ostra. Hollywood ponía la salsa". Y así era. Lolly se convirtió, casi de la noche a la mañana, en una gran maestra de ceremonias que manejaba los hilos de los títeres de habitaban Hollywood, al tiempo que sus artículos eran traducidos o transcritos en más de 500 periódicos de todo el mundo. Uno de sus mayores logros, por llamarlo de alguna manera, fue conseguir que "Ciudadano Kane" no se proyectara en 17 Estados ya que Orson Welles se había inspirado descaradamente en Rudolph Hearst para crear la película, lo que era considerado por Lolly como un insulto hacia su jefe. Es más, se cuenta, se dice, se rumorea que la palabra "rosebud", que sirve de hilo argumental en "Ciudadano Kane", no era más que el nombre que Hearst empleaba para referirse al clítoris de Marion Davies.
La gran competidora (y después sucesora) de Louella Parsons, otra zorra de nombre Edda Hopper, definió su poder así: " Con el imperio Hearst a sus espaldas, Louella ejercía el poder de una Catalina de Rusia. Hollywood leía cada una de las palabras que escribía como si se tratara de una revelación divina desde el monte Sinaí. Las estrellas, los directores y los productores estaban aterrorizados cada vez que abrían el periódico. Todos temían el infierno de su conocido `tratamiento silencioso´ o, peor aún, sus desmanes y sus críticas. Con una sola línea interrumpía producciones, obligaba a casarse a amantes ocasionales que querían salvaguardar sus carreras cinematográficas o a divorciarse a matrimonios bien avenidos. Una sola crítica negativa, y una debutante de talento se veía obligada a hacer la maleta y a volver a su poblacho de origen del Medio Oeste; una crítica positiva, y las alfombras granates comenzaban a bailar bajo los pies con la rapidez de la luz". (Podeis ver a ambas participando en el concurso What´s my line? aquí y aquí)
Pero queridos lectores, ya sabéis el refrán: "Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces". Y en el caso de Louella no iba a ser menos. En el fondo, detrás de la temida crítica cinematográfica se encontraba una mujer frustrada y repleta de complejos, alcohólica y promiscua. Lo que ella tan ferozmente criticaba formaba parte de su triste vida. Quizás, la única diferencia, es que Lolly, para tener una noche de sexo desenfrenado, tenía que recurrir al chantaje y la extorsión. Al final, y como siempre, todo se reduce a la más peligrosa de las debilidades: la envidia. Louella nunca pudo ser lo que sus víctimas eran.
Louella Parsons acabó sus días en un geriátrico despotricando contra todos los actores y actrices que salían por televisión. Seguía creyéndose poderosa, influyente, y poseedora de la batuta de esa gran orquesta que es Hollywood. En su entierro, al que asistieron numerosas caras conocidas, Joan Crawford dijo: "he asistido sólo para comprobar que estaba muerta".
Amén.
Durante más de 40 años existió en Hollywood una persona capaz de detener rodajes, enviar a casita a jóvenes actrices, modificar guiones, influenciar a la opinión pública para no ver determinadas películas y toda la retahíla de hijoputeces que os podáis imaginar.
Os presento a la "adorable" Louella Oettinger Parsons.
Louella Oettinger Parsons (1893-1973) era una rechoncha y poco agraciada ama de casa cuando tras divorciarse en 1914 se convierte en cronista cinematográfica del Chicago Record Herald. Compaginando sus columnas periodísticas con el trabajo de guionista en proyectos sin importancia, va convirtiéndose, poco a poco, en una de las personas más influyentes de la historia del cine y, sin saberlo, asienta las bases de lo que hoy conocemos como prensa rosa. En palabras de Truman Capote "el descubrimiento de Louella Parsons es tan simple como demoníaco; la intimidad, lo más secreto de lo secreto, lo vergonzoso, hace que la cotidianidad de las vidas ordinarias adquiera puntualmente relevancia". Y ése fue, precisamente, su secreto: dotar de relevancia mediática a las "miserias humanas" de los habitantes de Hollywood.
Sólo es posible entender el poder de Louella he-visto-lo-que-has-hecho Parsons conociendo el contexto social sobre el que se cimentó el Hollywood más dorado. El sistema de estudios o Star System imperante creaba actores (yo te creo, yo te destruyo) no sólo para ponerlos delante de una cámara y fabricar junto a guionistas, directores y estilistas sueños maravillosos, sino también para que su vida privada fuera ejemplar. De esta forma, el poder de los estudios se extendía más allá de los platós y todos y cada uno de los movimientos de las estrellas estaban perfectamente orquestados para que no trascendieran a la opinión pública conductas consideradas por la doble moral vigente como poco éticas o, directamente, despreciables (adicciones, homosexualidad, crímenes, separaciones, adulterios, etc). Y es que, como sabéis, una reina no sólo ha de serlo, sino parecerlo. Pues bien, con este telón de fondo, que diría mi profesor de historia, aparece en escena Louella Parsons.
La pluma de Louella era infalible y perversa. Como buena zorra, a veces no aportaba los nombres de los protagonistas del escándalo, sino que los describía con pelos y señales, logrando con ello que medio Hollywood estuviera en boca de la opinión pública. Como muy bien dijo Joan Crawford: "Cada vez que Lolly decía que una bellísima estrella de cine había sido sorprendida en un lugar de dudosa fama, la acusación recaía sobre todas nosotras sin excepción. Todas sufríamos las consecuencias". En otras ocasiones no se cortaba un pelo aunque estuviera equivocada. Para muestra un botón. Un buen día, Lolly recibe una nota de uno de sus esbirros (los tenía estrategicamente colocados por todos los "puntos calientes" de la ciudad) en la que se decía que Elizabeth Taylor iba a separarse. Pero la reina madre del cotilleo lo que publicó (por error o, seguramente, con muuuuucha alevosía), fue la separación de Robert Taylor. Nada más salir a la luz el escándalo, Robert llamó a Lolly para pedirle explicaciones. Ella le vino a decir lo siguiente :
-Mira Robert, tienes que perdonarme, pero comprenderás que no puedo publicar un artículo desmintiendo la información que he dado, mi credibilidad se pondría en entredicho. Además, como me debes más de un favor, siempre te he tratado de maravilla, no lo olvides, haremos lo siguiente: tú te vas una semanita a un hotel, pero tú solo,eh? sin tu mujer. Después vuelves a casa y publicamos la feliz reconciliación y así nadie pierde ¿Qué te parece? ¿A qué es una idea perfecta? Es que sino me obligarías a contar aquello que ya sabes, y claro, yo te aprecio mucho....
El pánfilo de Taylor aceptó el plan con tan mala suerte que durante toda esa semana estuvo recibiendo multitud de telegramas y llamadas de sus amigos dándole el pésame, teniendo que escuchar cosas tipo "el cornudo es el último que se entera" o leyendo cosas tipo "todos lo sabíamos". Estos consuelos no hicieron más que sembrar la duda en el actor, por lo que transcurrida la semana pactada salió del hotel y presentó una demanda de separación, terminándose el matrimonio del ya por aquel entonces maltrecho Taylor.
Pero os estaréis preguntando ¿cómo una simple ama de casa, aficionada al cine, se convierte en el azote de la industria? ¿Por qué? Y lo que quizás es más importante ¿Cómo?
Todo comenzó la noche del 18 de noviembre de 1924. William Randolph Hearst, el gran magnate del periodismo de la época, celebraba a bordo del "Oreida" su 43 cumpleaños. Entre los invitados, además de algún pez gordo, se encontraban Charles Chaplin, Marion Davies (novia de Hearst), el director Thomas Ince, un doctor de nombre Daniel Carson Goodman y nuestra amiga Lolly. Al parecer, las relaciones entre Chaplin y Marion Davies iban más allá de las amistosas, así que una vez que la ebriedad se había adueñado de todo el pasaje, apañaron un encuentro íntimo en la cubierta del barco, con tan mala suerte que llegó a los oídos de Hearst. Éste, loco por la ira, sacó su revólver de diamantes (atención al detalle kitsch de los diamantes: hay que ser extravagante y paleto a partes iguales!!) dispuesto a asesinar a Charles Chaplin, pero la oscuridad de la noche hizo que la bala acabara en la cabeza de Thomas Ince, el cual cayó fulminado. A continuación, los acontecimientos se sucedieron a una velocidad vertiginosa: el cadáver fue conducido a tierra para su inmediata incineración y el doctor que asistía a la fiesta expedía un certificado en donde se hacía constar que la muerte se debía a causas naturales, en concreto, a una parada cardíaca como consecuencia de la ingestión masiva de alimentos.
Limpiada la sangre, enterrado el cadáver, amañado el juicio que exculparía a Hearst y, en definitiva, tejida la mentira con la que se construiría un capítulo de la historia del siglo XX, faltaba solucionar un pequeño detalle: ¿qué papel ocuparía Lolly en este sainete?.
Lolly publicó que Thomas Ince había fallecido en su propia casa y esta mentira fue retribuida con un contrato en exclusiva y de carácter vitalicio para el imperio Hearst. Chaplin, por su parte, hizo mutis por el foro, temeroso, posiblemente, de que el binomio Parsons&Hearst arruinara su carrera destapando lo que hoy se denominaría, si ningún tapujo, pederastia.
Desde que Louella Parsons empezó a trabajar para Hearst, su poder subió como la espuma. Como ella misma afirmaría "El mundo se convirtió en mi ostra. Hollywood ponía la salsa". Y así era. Lolly se convirtió, casi de la noche a la mañana, en una gran maestra de ceremonias que manejaba los hilos de los títeres de habitaban Hollywood, al tiempo que sus artículos eran traducidos o transcritos en más de 500 periódicos de todo el mundo. Uno de sus mayores logros, por llamarlo de alguna manera, fue conseguir que "Ciudadano Kane" no se proyectara en 17 Estados ya que Orson Welles se había inspirado descaradamente en Rudolph Hearst para crear la película, lo que era considerado por Lolly como un insulto hacia su jefe. Es más, se cuenta, se dice, se rumorea que la palabra "rosebud", que sirve de hilo argumental en "Ciudadano Kane", no era más que el nombre que Hearst empleaba para referirse al clítoris de Marion Davies.
La gran competidora (y después sucesora) de Louella Parsons, otra zorra de nombre Edda Hopper, definió su poder así: " Con el imperio Hearst a sus espaldas, Louella ejercía el poder de una Catalina de Rusia. Hollywood leía cada una de las palabras que escribía como si se tratara de una revelación divina desde el monte Sinaí. Las estrellas, los directores y los productores estaban aterrorizados cada vez que abrían el periódico. Todos temían el infierno de su conocido `tratamiento silencioso´ o, peor aún, sus desmanes y sus críticas. Con una sola línea interrumpía producciones, obligaba a casarse a amantes ocasionales que querían salvaguardar sus carreras cinematográficas o a divorciarse a matrimonios bien avenidos. Una sola crítica negativa, y una debutante de talento se veía obligada a hacer la maleta y a volver a su poblacho de origen del Medio Oeste; una crítica positiva, y las alfombras granates comenzaban a bailar bajo los pies con la rapidez de la luz". (Podeis ver a ambas participando en el concurso What´s my line? aquí y aquí)
Pero queridos lectores, ya sabéis el refrán: "Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces". Y en el caso de Louella no iba a ser menos. En el fondo, detrás de la temida crítica cinematográfica se encontraba una mujer frustrada y repleta de complejos, alcohólica y promiscua. Lo que ella tan ferozmente criticaba formaba parte de su triste vida. Quizás, la única diferencia, es que Lolly, para tener una noche de sexo desenfrenado, tenía que recurrir al chantaje y la extorsión. Al final, y como siempre, todo se reduce a la más peligrosa de las debilidades: la envidia. Louella nunca pudo ser lo que sus víctimas eran.
Louella Parsons acabó sus días en un geriátrico despotricando contra todos los actores y actrices que salían por televisión. Seguía creyéndose poderosa, influyente, y poseedora de la batuta de esa gran orquesta que es Hollywood. En su entierro, al que asistieron numerosas caras conocidas, Joan Crawford dijo: "he asistido sólo para comprobar que estaba muerta".
Amén.

_04.jpg)


