16/09/09

verano wyleriano


Por suerte o por desgracia no he vuelto de un largo y cálido verano ni en mi rostro asoma atisbo alguno de parecido con Ben Quick por más que me empeñe en que eso se irá consiguiendo con los años. Desengáñate, dice mi Pepito Grillo faltón y prepotente, aunque tienes fama de muchas cosas, la de pirómano no está entre ellas y tu pseudo adoración hacia la Woodward sólo pasa por ser la mujer de. Cierto. Pepito nunca falla, aunque olvida que Joan, dirigida por su marido en “El zoo de cristal”, hizo despertar en mí una pequeña devoción transitoria.

Mi nuevo curso escolar iba a comenzar con Teresa Wright pero es tanta la pereza que me produce que he decidido dejarla directamente y sin ningún remordimiento para septiembre del año que viene. Si es cuestión de confesar, yo confieso ¿quién dijo miedo? Teresa Wright me supera y las revisiones veraniegas de alguno de los trabajos de Wyler, han reforzado todavía más mi antipatía. ¿Por qué la odio? Lo dicho: en septiembre del año que viene lo confesaré.

Ha sido un verano, por lo tanto, muy Wyler, y, por ende, poliédrico, o, lo que es lo mismo, exquisito cinematográficamente hablando. Me fui a Roma y re-conocí a la princesita Anna y volví a constatar la frescura que siempre tuvo Audrey Hepburn aún incluso siendo una bebé en Hollywoodland (ese sí fue un DEBUT y no el de Teresa agonías Wright). “Vacaciones en Roma” es una peli “aclimática”: apetece por igual en invierno y en verano, con frío o con calor, y me atrevería a decir que es el patrón de toda la retahíla de comedias románticas con las que nos bombardean todos los meses allende los mares. Para quitarme la sonrisita estúpida de mi boca, seguí con una Audrey más madura y amarga en “La Calumnia”, de la que no puedo decir más que lo que mi colega Father_Caprio ha dicho aquí. El mal sabor de boca que deja “La Calumnia” pide a gritos color, glamour, surrealismo y chispa, mucha chispa “¿Cómo robar un millón?”, con una Audrey más Audrey que nunca es el edulcorante perfecto (dulce pero sin empalagar) para soñar en technicolor.

Para las tardes de domingo lluviosas recuperé a la mejor Bette Davis de “La loba” “ La carta” y “Jezabel” y a la por fin desencasillada Olivia de Haviland de “La Heredera”. ¿Qué se puede decir? Que ya no se escribe así? Que ya no se interpreta así? Que ya no se fotografía así? Que ya no se dirige así? Quizás sí, o quizás que directores como William Wyler ya no existen, a pesar de que alguno patrio domine el arte del plagio. Hacía años, muchos años, que no veía “El coleccionista”. Cuando leí “The End” pensé que “Átame” (Almodóvar) era un insulto mayúsculo.

Seguía lloviendo, así que una vez más me enfrenté a “Ben Hur” leyendo entre líneas para concluir – también una vez más - que es una de las películas más gays que se han hecho nunca. A “Cumbres borrascosas” decidí no subir considerando que aquí abajo el horno ya no estaba para muchos bollos, pero me armé de valor para recuperar a “La Sra. Miniver” y “Los mejores años de nuestras vidas” a pesar de Teresita Wright.

Y como gran broche final y aún a sabiendas de todas las pelis de Wyler que se quedaron envidiosas en mis baldas cinematográficas, puse fin a mi veraniego ciclo wyleriano con “Funny Girl”.

Y de repente, salió el sol…

22/07/09

sin pelos en la lengua: tennessee williams



"Nunca tendré el orgasmo perfecto sin sentir el olor a sudor de Brando en "Un tranvía llamado deseo", o penetrándome Newman cuando mira fijamente a Maggie al final de "La gata sobre el tejado de zinc"... Es como si los tres nos meciéramos al compás de una melodía sureña, bajo los ojos inocentes de Baby Doll"

Entrevista concedida en "Modern Screen" (1983)

15/07/09

i´m singing in the rain....




Yo confieso: siempre he reivindicado el musical como terapéutico. Uno, que años ha, negaba tener “Sonrisas y lágrimas” (Robert Wise, 1965) entre sus películas de cabecera, ya se ha despojado de los prejuicios y las vergüenzas y grita a los cuatro vientos Do Re Mi Fa Sol La Si Do….

Los musicales me ponen, yo confieso. Son capaces de despertarme del letargo más enfermizo para convertirme en una suerte de Gene Kelly patoso. Siempre he fantaseado con la idea de ir por la calle al son de una pegadiza canción en la que todos, panadero, barrendero, transeúntes… todos! formen parte de una maravillosa coreografía. Quiero amanecer un día y ver como toda la ciudad va al compás de un mismo son, al más puro estilo “Hello Dolly!” (Gene Kelly, 1969). Confieso que con la llegada del ipod casi lo he conseguido, pero aún me falta la implicación ciudadana, los permisos del ayuntamiento, los extras ¡sniff!

Dentro de mis musicales de cabecera hay ejemplos para todos los gustos: ñoñerías en las que el número musical no está para nada justificado (a quién le importa siempre que sea bueno?); “performances” que le van a la historia como anillo al dedo; protagonistas que no están a la altura del elenco de bailarines; voces dobladas de forma descarada… De todo! Pero algunas se han quedado grabadas en mi retina por distintos motivos.

Dentro del musical, Bob Fosse es, para mí, creador de un género propio, el género bob fosse. Sus coreografías son inconfundibles, la estética deliciosa, la puesta en escena soberbia. “Noches en la ciudad” (1969) y “Cabaret”(1972) son quizás, junto a “All that jazz” (1979), sus trabajos más conocidos.

Aunque “Noches en la ciudad” es, en general, una película floja, sólo por ver los números musicales “Big spender” y “The aloff” vale la pena hacer el sacrifico. Curiosamente, en ninguno de ellos interviene la protagonista, Shirley MacLaine, a la cual le hace un poco de sombra (bastante sombra) Chita Rivera en sus apariciones conjuntas. En cualquier caso, ambas coreografías tienen los ingredientes necesarios para permanecer en las retinas.

“Cabaret”, por el contrario, es una gran película de principio a fin que cruza las fronteras entre el drama y el musical con total maestría, ya que todos los números musicales (excepto el himno de las juventudes hitlerianas “tomorow belogs to me ) se desarrollan sobre un escenario, el del mítico Kit Kat Club, lo que ayuda a los escépticos a no percibir que están ante un musical. Liza Minnelli está perfecta en el papel de Sally Bowles, Joel Grey ejerce con perfección de maestro de ceremonias y el elenco de bailarinas es como una gran caricatura. Bob Fosse, más que coreografías, nos muestra instantáneas, retratos del Berlín más sórdido y canalla.

A “West Side Story” (Robert Wise, 1961) quizás le debamos el hecho de haber colocado (o, mejor dicho, recolocado) el género musical en un lugar destacado de la meca del cine. Ganadora de 10 oscars y coreografiada por Jerome Robbins, “West Side Story” no sólo es un musical: es drama, comedia, historia, literatura e, incluso, cine social. Aunque casi todos sus números musicales son archiconocidos (america, maria, tonight, i feel pretty…) yo quiero destacar el primero de todos: sin necesidad de dar voz a ninguno de los actores, Robert Wise y Jerome Robbins son capaces de explicarnos el contexto sobre el que se situará la historia en una coreografía de más de 8 minutos.

Dentro de lo que podríamos denominar como el musical más ñoño también hay números destacables. “Una cara con ángel” (George Cukor, 1957) es una película bastante cursi, con números musicales metidos con calzador y en donde nadie se cree que Audrey Hepburn caiga rendida ante Fred Astaire. Con todo existe una joyita digna de mención, un número protagonizado por Hepburn en un antro del París más bohemio y en donde se puede apreciar la formación en danza que la maravillosa Audrey tenía.

Siguiendo con Audrey y Cukor, “My fair lady” (1964) es un gran musical, con grandes decorados, grandes números, grandes vestidos…pero sobre todo, grandes sombreros!! El número de Ascott es simplemente genial, por ridículo y absurdo, pero, yo confieso, a mi me fascina. Con vestuario y escenografía a cargo de Cecil Beaton, no soy capaz de definir este momento. Mejor que lo veáis aquí.

Hablar de “Los caballeros las prefieren rubias” (Howard Hawks, 1953) es hablar de Marilyn Monroe. Aunque a mí, personalmente, me parece una película deliciosa y muy divertida, con un gran trabajo de Marilyn, “Los caballeros las prefieren rubias” permanecerá en la retina de los espectadores por el famoso “Diamonds are a girl´s best friend”. Yo cada vez que la veo me quedo sin palabras, así que aquí os la dejo.

Me quedan muchos musicales en el tintero: “Un día en Nueva York”, “Cantando bajo la lluvia”, “Siete novias para siete hermanos”, “El mago de Oz”, “Rocky Horror Picture Show”, “ Millie, una chica moderna”… Pero eso será otro día!!!

07/07/09

the children hour


Disfrutaba hace unos días de un radiante sol en una coqueta terraza de mi ciudad, levitando de felicidad, ignorando al mundo y queriendo ser ignorado por él, cuando el llanto de una niña me devolvió a la cruda realidad. Digamos que la sensación fue parecida a la de Judy Garland cuando despierta de su sueño ¡Mierda! El caso es que el llanto singular de la pequeña pasó a ser plural, llantos, llantos y más llantos, rebasando la delgada línea rosa que separa el berrinche anecdótico de la pataleta histérica. Los padres, jóvenes y aparentemente primerizos, decidieron no prestar mucha atención (y de paso hacernos insufrible a los demás nuestra plácida velada) poniendo en práctica la teoría de la ignorancia: que la criatura entienda que el llanto no es la dirección más corta para conseguir sus objetivos. De inmediato comprendí que estaba en presencia de la versión contemporánea de los Manchester, esto es, la joven pareja primeriza que juega a psicología con su primer retoño y que utiliza como libro de instrucciones cosas tipo “aprende a educar a tu primer hijo para que llegue a ser una persona de provecho, sorteando las drogas y demás tentaciones que la vida le pondrá a tiro” (edición bolsillo, por supuesto!).


Ruthie Manchester (Gabrielle Middleton) era la odiosa (no se me ocurre epíteto más suave) niña de “Dos en la carretera” (Stanley Donen, 1967). Mmm….cómo decirlo sin que me abra diligencias la fiscalía de menores? Esta criatura es, presuntamente (of course), un cruce entre la niña del exorcista y un grano en el culo. Sus padres, Howard (William Daniels) y Cathy (Eleanor Bron), es decir, Los Manchester, son igual de insufribles, lo cual puede justificar en cierta medida el carácter endiablado de su engendro. El caso es que la aparición de la pequeña Lucifer en la película consigue en el espectador el efecto deseado: odiarla sin el más mínimo de los remordimientos.


Pero juguemos al masoquismo. Imaginemos por un momento que la adorable Ruthie tiene como compañera de pupitre a una de las hijas de Gooper (Jack Carson) y Mae (Madeleine Sherwood), o, lo que es lo mismo, a una sobrinita de Paul Newman y Liz Taylor en “La gata sobre el tejado de zinc” (Richard Brooks,1958), en concreto, a la “cuellicorto” que arroja helado de fresa en las medias de la Taylor nada más empezar la película. Si hay algo más insufrible que un niño odioso es una prole de niños odiosos con “nombres de perro” dirigidos por una histriónica madre.

Demos un paso más y encaminémonos hacia el suicidio. Ruthie Manchester y la odiosa niña de cuyo nombre no quiero acordarme, acuden a la escuela para señoritas Dobie-Wright en donde Martha (Shirley MacLaine) y Karen (Audrey Hepburn) ejercen de profesoras. Allí conocen a la encantadora Mary (Karen Balkin, en la foto amendrentando a una compañera) que pronto se convierte en la líder indiscutible de esta peculiar pandilla. Ella solita, de un plumazo, y gracias a una portentosa imaginación, es capaz de acabar con la escuela y sus profesoras llevando una mentira hasta sus últimas consecuencias. “La calumnia” (William Wyler, 1961), no nos engañemos, es una película de terror.


Imagino que todas estas criaturas son seguidoras acérrimas de las películas de la “encantadora” Shirley Temple, las cuales habría que encuadrar o en el cine de terror o en el de ciencia ficción. También imagino que de mayores (no tan mayores) aspiran a ser un clon de Ann Blyth en “Alma en suplicio” (Michael Curtiz, 1945) y levantarle el novio a su propia madre, aunque ésta sea la mismísima Joan Crawford. Imagino muchas cosas por lo que cierro aquí este artículo por temor a convertirme en un nuevo Mengele.

10/06/09

el crepúsculo de Hollywood (y segundo acto)


Año 1949. Billy Wilder va a comenzar el rodaje de “El crepúsculo de los dioses”. Aunque para muchos “Sunset Boulevard” es una película sobre una loca actriz del cine mudo entrada en años e incapaz de asumir que ya no es nadie, en el fondo (y en la superficie) se trata de una sátira descarnada e implacable sobre la trastienda de Hollywood. Yo en realidad opino que Billy Wilder, con esta película, quiso gastar una gran broma a la industria cinematográfica.


La elección de Gloria Swanson para interpretar el papel de Norma Desmond es la primera de las bromas (¿pesadas?) de Wilder. En realidad, el director tenía en mente a Mae West, pero como siempre, Mae quería reescribir el guión y si había algo intocable para Wilder eso eran sus guiones. Descartadas la exuberante Mae West, la polaca Pola Negri y la novia de América Mary Pickford, George Cukor le sugirió a Billy Wilder el nombre de una vieja diva que había reinado con luz propia durante los felices veinte y que después de un retiro de casi 20 años ya nadie recordaba: Gloria Swanson. Pensándolo bien ¿qué mejor que una actriz olvidada del cine mudo para interpretar a una actriz olvidada del cine mudo?


Gloria hizo una interpretación sublime de Norma Desmond. Como vieja estrella del cine mudo, en la ficción y en la realidad, imprimió a su personaje una estudiada sobreactuación en donde los movimientos de sus manos y, sobre todo, sus ojos, fueron los grandes protagonistas.


Cuando el guionista Joe Gillis (William Holden) reconoce a la olvidada estrella del cine mudo, le dice “usted era grande” a lo que Norma Desmond responde “Soy grande! Es el cine el que se ha hecho pequeño” y a continuación diserta sobre la llegada del cine sonoro a las pantallas en uno de los monólogos más conmovedores de la historia del cine, haciéndonos dudar sobre si quien habla es Norma Desmond o Gloria Swanson.


Para dar vida al mayordomo de la actriz se eligió nada más y nada menos que a Erich Von Stroheim (segunda broma), otra de las víctimas del cine sonoro y en cierta medida responsable del declive profesional de Gloria Swanson (con todo, los rencores se habían olvidado y no hubo ningún problema entre ellos durante el rodaje). Stroheim interpreta un papel amargo y triste: Max von Mayerling, fiel criado de Norma Desmond y que en realidad es su ex-marido y descubridor, ya que Max, en los tiempos dorados, era director de cine (¿os suena?). Sin duda, Gloria Swanson y Erich Von Stroheim demostraron tener un gran sentido del humor riéndose de ellos mismos. Incluso, y por una sugerencia de Stroheim, cuando Norma Desmond le muestra a su guionista/amante una de sus películas, esta no es otra que “La Reina Kelly" (“Líbrame de este sueño cruel que ha apresado mi corazón”)

Norma Desmond planea regresar a las pantallas con una adaptación supervisada por ella misma de “Salomé” y quiere que sea Cecil B. DeMille (responsable del éxito de Gloria Swanson) quien la dirija. DeMille sale haciendo de él mismo en “El crepúsculo de los dioses” (a pesar de su manifiesta antipatía hacia Billy Wilder colaboró con esta gran broma) y se dirige a Norma Desmond con un cariñoso “mi pequeña” que era como, en realidad, se refería a Gloria Swanson en los años 20.


Pero además, en el reparto de “El crepúsculo de los dioses” hay una retahíla de caras conocidas que se interpretan a sí mismos: las figuras de cera (como las denomina Joe Gillis) y que no son más que otros tres fantasmas del cine mudo: Buster Keaton, H.B. Warner y Anna Q. Nilsson.


Hedda Hopper, la otra María Patiño de la época junto a nuestra amiga Lolly Parsons, se encarga de dar la pincelada amarillista narrando los acontecimientos que están ocurriendo en la mansión de Sunset Boulevard.


En definitiva una gran broma que sólo Billy Wilder podía llevar a cabo y que no sentó muy bien en Hollywood. Tras su estreno, Louis B. Mayer se abalanzó contra él llamándole “cabrón” y para muchos más que una sátira, “Sunset Boulevard” fue una descarada tomadura de pelo. El malestar en la meca del cine se trasladó a los oscars, donde “El crepúsculo de los dioses”, que partía con 11 nominaciones y una fuerte competidora, “Eva a al desnudo”, sólo consiguió tres estatuillas (música, dirección artística en blanco y negro y guión original).


Gloria Swanson no recibió el oscar. Bette Davis, tampoco (¿cómo elegir?). Pero Billy Wilder consiguió mostrarnos el crepúsculo de Hollywood.


pd.: La escena final de "El crepúsculo de los dioses",terrorífica por real y macabra

09/06/09

el crepúsculo de Hollywood (primer acto)


La locura tiene cierta dosis de glamour , pero cuando se convierte en sobredosis resulta cansina. Como dice la canción el glamour de la locura es pasajero, pero mientras pasa es divino. El quid está en encontrar la dosis exacta de demencia, esa pizca de extravagancia y excentricismo que convierten a una loca en un ser hipnotizador para quien la observa.


Norma Desmond es una de mis locas favoritas. Yo confieso. Trágica y cómica a partes iguales, es capaz de provocarme empatía y rechazo al mismo tiempo. No hay nada más fascinante y patético que una estrella apagada que se cree todavía fuente de luz ilimitada. Baby Jane, Violeta Venable, Blanche DuBois… todas ellas (y muchas más) son grandes locas que se han quedado atrapadas en un tiempo glorioso y pasado, pero quizás Norma Desmond es la madre superiora de este convento de hermanitas de la demencia, sobre todo porque tras el personaje se encontraba una actriz, Gloria Swanson, que, salvando las distancias (no muchas), estaba interpretándose a ella misma.


En 1919, después de unas cuantas películas sin mucha trascendencia, Gloria Swanson cae en las manos del director Cecil B. DeMille, quien tras una cuidada renovación estilística que marcó tendencia entre sus admiradoras, la convierte en la reina de la Paramount gracias a películas como "Macho y hembra"(1919) o “El señorito primavera” (1921). Aunque desde este momento Swanson quedó eternamente en deuda con la Paramount, sería justo decir que los estudios también quedaron en deuda con ella, pues fue una de las principales responsable de su emporio. Los años 20 fueron los años dorados de Gloria Swanson. Además de convertirse en un icono del glamour fue uno de los personajes más influyentes de Hollywood, sobre todo, durante su idilio con el magnate Joseph P. Kennedy (padre del futuro presidente de los EE.UU), junto al que se adentró en el mundo de la producción con el fin de tener el control absoluto de todas las películas en las que aparecía.


Con el crack bursátil del 29 llegó el crack profesional de Gloria Swanson. Ya como productora, en ese mismo año pierde una importante suma de dinero con la película (protagonizada por ella) “La Reina Kelly” a las órdenes del también acabado director austríaco Erich Von Stroheim, lo que ayudaría a que las relaciones director/actriz se enturbiaran. Con la llegada del cine sonoro pocas actrices sobrevivieron y Gloria Swanson fue una de ellas. Aunque se había preparado para “hablar”, sus películas sonoras fueron perdiendo interés al mismo tiempo que ella perdía interés por la interpretación, y en 1934 se retira. En 1941 interviene en “Papá se casa” de Leslie Collier Osborne, pero esto no fue más que un regreso efímero y anecdótico.


Stroheim, por su parte, había sido un polémico director que comenzó su andadura como actor y ayudante de David. W. Griffith en las imprescindibles “El nacimiento de una nación” e “Intolerancia”. Cuando dio el salto a la dirección se caracterizó por sus constantes problemas con los estudios, sobre todo, debido a la duración de sus films, los cuales eran mutilados sin piedad por sus jefes. Aunque se convirtió en el primer director despedido por unos estudios, pasará a la historia por firmar la obra maestra “Avaricia” (1923), una genialidad repleta de simbolismos pero (cómo no!) totalmente mutilada. Al igual que Swanson, el cine sonoro no le sentó bien a Stroheim. En 1933 dirige su última película y decide regresar a la interpretación, participando en numerosas películas de serie B a ambos lados del Atlántico.

Como sabéis, la llegada del cine sonoro a Hollywoodland fue un verdadero exterminio. Decenas de actores y actrices , directores, técnicos… que hasta entonces eran tratados como dioses, no fueron capaces de adaptarse a los nuevos tiempos, y del éxito más absoluto pasaron al olvido más despiadado. Gloria Swanson y Erich Von Stroheim fueron dos de ellos.


Continuará....

08/06/09

ufff!!!


No era mi intención cuando creé este blog disertar sobre el cine de hoy, más que nada, porque, yo confieso, lo sigo muy poco y me interesa casi menos (quitando un puñado de actores y directores que sigo con devoción), pero hoy tengo una necesidad imperiosa de escribir sobre “Los abrazos rotos”, el último trabajo de Pedro Almodóvar.


Desde “Todo sobre mi madre” Almodóvar ha dejado de sorprenderme, yo confieso. Entiendo que fuera de nuestras fronteras pueda resultar interesante, fresco, divertido… y alabo, como un verdadero logro, el hecho de haber creado un sólido estilo propio, pero desde hace años hay “algo” en el universo Almodóvar (empezando por él mismo) que me chirría.


Reconozco que no tenía un gran interés por ver “Los abrazos rotos”. Después de “Volver” yo decidí no volver, pero el reciente cruce de artículos entre Pedro Almodóvar y Carlos Boyero hizo que se despertara en mi la curiosidad y ayer entré de nuevo en el mundo almodovariano para salir, también de nuevo, escaldado.


Cuando terminé de ver “Los abrazos rotos” no sentí nada. Ni bueno, ni malo. Nada, yo confieso. Me pregunté ¿esta es la nueva película de Pedro Almodóvar? Y después reflexioné… “quizás se deba a un exceso de información”. Me explico. Con las películas del manchego no hay lugar para el boca a boca porque ya antes de su estreno se sabe todo: el reparto, las localizaciones, la trama, los cameos, que Pe está – cómo no!- en estado de gracia y Pedro ha hecho – cómo no! - su mejor película. Todo! Se sabe todo. No hay sorpresas. Después uno imagina las casas típicas de Almodóvar, la estética típica almodovariana, las referencias a otras películas (esta vez, entre otras, la alusión más que directa a “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, pero ya lo sabíamos antes del estreno, cómo no!) la música de Alberto Iglesias… y más o menos uno se va montando su propia película.


Reconozco que ayer, mientras veía “Los abrazos rotos”, esperaba impaciente las apariciones de Rossy de Palma y Chus Lampreave, porque el resto me estaba aburriendo bastante, incluso se me hizo un poco larga. Normalmente me río mucho en las secuencias cómicas de Almodóvar, pero en este caso sólo me reí con Mariola Fuentes (no entiendo porque Pedro no le da de una vez por todas un papel un poco más largo o, incluso, un protagonista) y Lola Dueñas, que tiene un papel muy secundario pero bastante simpático. Carmen Machi hace de Aída pero con estudios (pobre Carmen ¿le perseguirá el personaje de Aída de por vida?) pero su aparición también es anecdótica. Rossy y Chus no me dijeron absolutamente nada, quizás porque sus papeles ya los hemos visto hasta la saciedad en las películas de Pedro y porque apenas aparecen unos segundos. La gran Kitty Manver está maravillosa pero su aparición es también anecdótica. Blanca Portillo defiende con solvencia su personaje pero no está mejor que en “Volver” y Pe es Pe, para lo bueno y para lo malo: muy bien fotografiada, muy mona, pero sólo correcta.


Creo que en “Los abrazos rotos” quienes deben llevarse la ovación son ellos: Lluis Homar y José Luis Gómez, sobre todo, pero también Rubén Ochandiano y Tamar Novas, quien después de “Mar adentro” parece resucitar. El cameo del cantante de “El canto de el loco” ni lo mencionaremos porque son esas cosas que se le ocurren a Almodóvar y que no acabo de entender.

En definitiva humo, mucho humo sobre “Los abrazos rotos”, quizás, repito, debido a todo lo que la han cebado antes de su estreno. En cualquier caso, si te gusta Almodóvar, te gustarán “Los abrazos rotos”. Pero si te gustó Almodóvar, no te gustarán “Los abrazos rotos”.

Pd.: Y su siguiente peli sobre la guerra civil? Ay!